Rizando el rizo: criticar la crítica

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Me gusta que se instale el tema de la “crítica” dentro de la afición hispanoparlante del mundo de los juegos de mesa y leo con delicia aquellas redactadas por quienes considero pioneros en esto, quienes se toman el asunto en serio y le imprimen un sello cuasi-profesional a sus textos, independientemente de que todos ellos aún se desenvuelven en el plano amateur… pero no en la faz mediocre del amateurismo, si no que en aquella fundada en la etimología misma de la palabra amateur; en el amor que se siente por aquello que se promulga o se hace.

Dicho lo anterior, creo que el pie o estándar mínimo exigible a quien pretende “criticar”, es el buen uso del idioma… Lo siento, no pretendo que para criticar juegos de mesa haya que, forzosamente, ocupar alguno de los sillones de la Real Academia Española, pero sencillamente no puedo con aquellos textos cuyos “autores” pareciera que no saben diferenciar entre el “hay”, el “ay” y el “ahí”, por mencionar algunos de los errores que me saben más recurrentes.

Creo que es posible entender la comisión de alguno que otro “mote”, derivas gramaticales o de tiempos verbales, faltas ortográficas o de puntuación inocentes e incluso “palabros” inventados para sortear conceptos no muy convencionales, pero también creo, firmemente, que el objeto de éstas críticas —los juegos de mesa—, son obras a la vez intelectuales y artísticas de aquellos que tuvieron parte en su creación, y por lo tanto, independiente de si gustan o no, e incluso de su misma calidad como tales, merecen que su propia crítica, positiva y aún más la negativa, parta del respeto por aquella condición, el cual no sólo se demuestra en la mesura al momento de escoger el léxico y los calificativos que se utilizarán para describir o analizar lo criticado, sino también del esmero que debe observar aquél que se figura desde un plano superior, necesario para emitir la crítica.

El no guardar las formas correspondientes, ubica al crítico por debajo de la obra criticada y por lo tanto cualquier cosa que diga adolecerá inmediatamente de la percepción de fuerza o justificación requerida. Generalmente rechazo, casi en forma inconciente, aquellos prospectos de críticas en las que los fallos ortográficos y gramaticales, gruesos y repetidos, resultan convirtiéndose en un factor multiplicador de lo visceral y lo burdo.

Por ningún motivo quisiera que se me mal entendiese y se pensara que estoy diciendo que una persona poco instruida no pueda tener su propia opinión de esto o de aquello, nada de eso; hablo específicamente de críticas escritas a través de un medio público y dirigidas a un producto cultural, nacido de algún tipo de esfuerzo intelectual y/o artístico, el cual merece incluso al ser criticado, lo mismo, un esfuerzo.

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