El Ludus Latrunculorum (BHJM #007)

latrunculi

Esquema de la dispocisión inicial del Latrunculi, de acuerdo a la hipótesis de las reglas conjeturada por W.J. Kowalsky

Ludus Latrunculorum significa, en una traducción bastante literal, “Juego de los Ladrones”, en donde etimológicamente, “latrunculus” figura la declinación diminutiva de la forma “latro”, que significa mercenario o asaltante de caminos. Otro modo más casual con que se conocía este juego era el de “Latrunculi”.

Al igual que muchos otros, parece haber tenido las mismas mecánicas comunes con las Damas Egipcias, pero principalmente con la Petteia de los griegos, del cual parece ser su sucesor directo. Sin embargo resulta de especial interés en el sentido de que por su expansión y arraigo en la cultura, parece haber sido el antecesor de varios juegos posteriores, principalmente aquellos correspondientes a la familia de los Tafl.

En cuanto a su temporalidad, es posible encontrar como primera referencia una mención de índole casual y poco detallada en el décimo tomo del texto llamado “De Lingua Latina”, escrito por Marco Terencio Varrón (116 a.C.-27 d.C.), en donde el autor se sirve de la cuadrícula formada por el tablero del juego para mostrar y ejercitar las diferentes declinaciones utilizadas en latín, de modo similar al utilizado en la actualidad, a base de “andamios”, para el aprendizaje de dicha lengua, que en esencia vendrían a ser exactamente lo mismo.

Existen otras múltiples referencias al juego, mayor o menormente detalladas, en textos tan diversos sobre distintos aspectos de la vida de los romanos, escritos por autores como Marco Valerio Marcial, Macrobio e incluso Ovidio; pero la más consistente se encuentra en un texto llamado “Laus Pisonis”, en el que es posible hallar un relato bastante completo sobre una partida completa al Latrunculi.

Del “Laus Pisonis” precisamente proviene la gran mayoría de especulaciones e hipótesis sobre lo que debieron de haber sido las reglas originales del juego, además de las distintas evidencias arqueológicas que han podido rescatarse de distintos yacimientos en diversos sitios de los territorios que correspondieron al Imperio Romano. No obstante, de aquellas mismas evidencias proviene una de las mayores discusiones respecto de la implementación del juego, ya que la gran variedad de tableros hallados surge una serie de diferencias entre la cantidad de espacios y la configuración cuadrada de éstos: los hay de 8×7, 8×8, 10×9, encontrados principalmente en la Britania Romana; existe también un ejemplar encontrado en 1960 en Stanway, Essex (conocido como Juego de Stanway), el cual tiene un tablero de 12×8 casillas, exactamente igual al de otro juego, mil años más joven, llamado Laüferspiel.

Como ya se ha mencionado, las reglas del juego han sido objeto de debates que han producido varias versiones de las mismas. Las conjeturas más aceptadas son las de dos de los estudiosos lúdicos más importantes: Robert Charles Bell y Wladyslaw Jan Kowalski.

La conjetura de R.C. Bell sostiene que el juego se jugaba en tableros preferentemente de 8×7 o a lo más de 8×8 casillas; cada jugador poseía 17 piezas, de las cuales una era azul (conocida como “Dux”) y el resto blancas o negras, respectivamente, las cuales se desplegaban una por una, en forma alternada entre los jugadores, ubicándolas en cualquier sitio del tablero y colocando la ficha “Dux” como última de cada bando; todas las piezas tenían el mismo movimiento, de a un espacio por vez y en cualquier sentido ortogonal (vertical u horizontal), pero nunca en diagonal. Las fichas “Dux” además poseían un movimiento alternativo que era el de “saltar” una pieza rival aledaña, aunque dicho movimiento no suponía la captura de la pieza saltada; el método de captura era aquel conocido como “de los guardianes”, es decir, ocupando dos espacios adyacentes y opuestos al de la ficha que se desea capturar; el jugador que lograba una captura obtenía acto seguido un movimiento adicional; el juego concluía cuando un jugador había capturado todas las piezas del contrincante (en cuyo caso ganaba la partida) o cuando se producía el trigésimo movimiento, caso en el cual, ganaba aquel jugador que conservase la mayor cantidad de piezas sobre el tablero.

En cambio, la conjetura de W.J. Kowalski propone que el tablero estaba compuesto por ocho filas y doce columnas (12×8); cada jugador tenía a su disposición 12 “hombres” (fichas comunes) y un “Dux” (ficha especial), desplegando ordenada y uniformemente en costados opuestos del tablero, con los “hombres” ocupando la fila del borde y el “Dux” en la siguiente, en la casilla inmediatamente a la derecha del eje central; las negras tenían el privilegio del primer movimiento; cada ficha podía mover, ortogonalmente, cuantas casillas libres deseara recorrer en un único movimiento en línea recta; la captura de fichas se realizaba, igualmente, por el método de “los guardianes”, aunque en forma más tardía Kowalski desestimó la posibilidad de realizar múltiples capturas en un mismo movimiento; no estaba permitido el “hacer y deshacer” un mismo movimiento en más de dos turnos consecutivos; el “Dux” no podía ser capturado, pero un jugador perdía la partida si su propio “Dux” quedaba imposibilitado de movimiento, es decir, cuando éste era rodeado por las cuatro casillas ortogonales adyacentes, inclusive fichas propias.

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3 pensamientos en “El Ludus Latrunculorum (BHJM #007)

  1. Gracias por dar a conocer los juegos antiguos. Haces una gran labor. 🙂
    ¿Conoces alguna evidencia arqueológica, de época romana, de esas fichas especiales de duces? Me pregunto si estas reconstrucciones están basadas en juegos medievales, pero no están respaldadas por la arqueología.

    • Gracias a ti por el interés. Sobre las evidencias romanas de las fichas de duces, creo que no he visto… aunque la verdad es que tampoco me fijé en ello; existen muchos dados que datan de la era romana, pero al parecer del latrunculi sólo han sobrevivido tableros o esgrafías de éstos, más los consabidos documentos que lo mencionan.

      • Gracias por la aclaración. En ese caso, me cuesta creer en ese dux en época romana. Los tableros de madera no resisten el paso del tiempo, pero las piezas de cristal o piedra no desaparecen.

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