JUEGOS DE LA EDAD MEDIA, 3-12 Men of Morris: danzas y molinos (BHJM #008)

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Representación de un molino de 9 piezas en el Libro de los Juegos de Alfonso X “El Sabio” (S. XIII)

La Edad Media
Como ya se ha mencionado, los juegos de estrategia en occidente aparecieron en forma más tardía que los juegos de carreras, más azarosos, por algún motivo hipotéticamente plausible, pero difícilmente probable: tal vez sea prueba del desarrollo del intelecto humano, el cual en una etapa más temprana podría haber estado más dispuesto a recrear sólo los conceptos más básicos del sentido lúdico de la psique, para posteriormente desarrollarlo y poder crear manifestaciones más complejas, en las cuales la influencia del azar irá perdiendo terreno en favor de la competitividad en términos equivalentes para los jugadores.

No obstante la hipótesis anterior, al parecer el sentido lúdico de aquella psique humana parece estar ligado de algún modo al azar, en el sentido de que la influencia de éste parece ser de algún modo necesaria para que la existencia cobre sentido, lo cual puede parecer paradójico, pero que luego de su análisis parece revestir cierta lógica, desde el punto de vista de lo imposible que siempre ha sido para el ser humano poder gobernar fuerzas o manifestaciones de índole superiores a él, como las de la naturaleza y principalmente el destino, lo cual fue retratado tal elocuentemente en las tragedias griegas; por lo tanto, el estar sujeto a éstas podría constituir de algún modo, un rasgo evolutivo como especie.

Desde el punto de vista lúdico, aquello se hace evidente, por una parte, en el esfuerzo de quitar el azar de los juegos y posteriormente a introducirlo de algún modo, lo cual comienza a hacerse más patente durante la Edad Media, en su período más temprano, la Alta Edad Media, cogiendo el legado de aquellos juegos remanentes de los vestigios del Imperio Romano, y más tarde con ejemplares más sofisticados, como los juegos de la familia Tafl, cuyas versiones más tardías van a incorporar el uso de dados para modificar las reglas del movimiento de las piezas… Que cada quien saque sus propias conclusiones.

3 to 12 Men of Morris: danzas y molinos (el Terni Lapilli y el principio lúdico de “tres-en-raya”)
El disponer elementos sobre un tablero de puntos, cuadrantes o intersecciones con la finalidad de conseguir alineaciones de tres (o más), parece constituir uno de los principales principios o motores lúdicos nacidos de la abstracción humana por el juego, sobre todo dentro de las culturas occidentales. En sí mismo, el 3, además de ser un “número mágico”, representa el colectivo básico para configurar una tendencia.

Entre los romanos proliferó un juego llamado Terni Lapilli, del cual se sostiene que sería idéntico al actual juego del Gato (también conocido como Tres-en-Raya, Ta-Te-Ti, Tic-Tac- Toe, etc.); aunque aquello no es definitivo, ya que también el juego podría haber incluido aspectos como cantidad de fichas limitada y movimiento de éstas una vez dispuestas, como sucede en el Molino de Tres (ver más adelante).

Terni Lapilli podría traducirse como “Tres Guijarros”, teniendo en cuenta que “lapilli” es una derivación diminutiva de “lapis”, piedra. Como sugiere su nombre, se jugaba con piedrecillas, y aunque existen bastantes evidencias arqueológicas de diagramas de juego garabateados en pisos y muros, no hay pruebas sobre el uso de círculos y cruces, los cuales deben haber sido añadidos en forma tardía y posterior a la era romana del juego, sin embargo constituye una de las pruebas más tempranas sobre el uso de este principio lúdico de alinear al menos tres elementos idénticos.

Sin embargo, la tendencia supone que Terni Lapilli y sus versiones actuales representan modelos lúdicos demasiado sencillos para ser considerados juegos de mesa propiamente tal. No obstante, algunas sofisticaciones sobre este sistema sí alcanzan la complejidad o profundidad necesarias para ser considerados como tales; incluso en la actualidad han surgido versiones más modernas que añaden elementos nuevos, como la adición de una 3ra. dimensión (Sogo) o del factor físico de la gravedad (Connect 4); incluso en informática se ha revitalizado con gran éxito este principio lúdico, gracias al desarrollo gráfico y de los llamados “motores de física”, que permiten la creación de juegos tipo aplicación como “Bejeweled” o “Candy Crush Saga”.

Terni Lapilli supone el modelo más básico del sistema lúdico “tres-en-línea” y aunque suele decirse que se trata de un juego roto, es decir, que posee una estrategia sencilla de realizar e inevitablemente ganadora, representa el origen de otros juegos practicados entre los romanos como lo fueron el Merrelus, antepasado directo de los molinos (o Morris), y el Calculi, un juego de “cinco-en-línea” que se jugaba sobre el mismo tablero que el Latrunculi.

Los molinos, también conocidos como danzas o Morris (en inglés), son una familia de juegos con mecánicas comunes y componentes similares, los cuales suelen tener diferencias en la cantidad de posiciones disponibles en el tablero y la cantidad de cuentas o fichas para cada jugador.

El origen primitivo de los molinos es, al igual que muchos de los juegos antiguos, incierto, sin embargo, se dice que podrían estar emparentados con las Damas Egipcias. Al respecto, R.C. Bell, argumenta que en el Templo de Kurna se cortó de entre sus losas de piedra, un tablero de juego del que destacaban sus diagonales, el cual sería el ejemplar conocido más temprano de este tradicional juego, cuya data sería del año 1400 a.C.

Lo anterior, no obstante la fama de Bell, es bastante discutible, tanto así que varios autores, entre ellos Friedrich Berger, insisten en que el Templo de Kurna habría sido reutilizado e incluso profanado en indefinidas ocasiones por cantidad de tribus y bandidos, incluyendo una variedad de cruzadas de origen copto, que hacen virtualmente imposible establecer una data consensuada.

Si bien también los hay quienes especulan sobre alguna estirpe oriental de juegos; lo cierto es que las evidencias comprobadas más antiguas pertenecen a la época de la Roma Imperial, donde el sistema era ampliamente conocido.

A ciencia cierta, una de las primeras referencias sobre un juego relacionado con la familia de los molinos proviene precisamente de la Antigua Roma, la cual puede encontrarse en el Liber III del “Ars Amatoria” de Ovidio, justamente a continuación de otra referencia de este autor sobre el Latrunculi. En ella, el poeta romano ilustra a las damas con el siguiente texto:

“Existe otro juego cuyo trazado se ha dividido tantas veces como meses tiene un año. La tabla tiene tres cuentas de cada lado, las que el ganador deberá colocarlas todas en recta formación. Es malo para una mujer el desconocer este juego, porque a menudo el amor surge alrededor de un tablero.”

No se incluyó a las versiones romanas de este sistema lúdico, como Terni Lapilli, Merrelus o Calculi en el apartado anterior de “Juegos de la Prehistoria y Época Clásica”, ya que por su desarrollo tan básico, no alcanzaban a constituir modelos lúdicos atribuibles a juegos de mesa propiamente tal. No fue sino hasta la Edad Media cuando el juego del Molino alcanzó la complejidad meritoria suficiente, principalmente en la Isla de Gran Bretaña, donde se desarrolló su variante más famosa, conocida como The Nine Men’s Morris (el Morris de Nueve Hombres).

La denominación de Morris, representa en si misma otro de los misterios de este juego. Algunos sostienen que el nombre está emparentado con una danza tradicional inglesa del mismo nombre, la cual tiene su origen en otra danza aún más antigua la cual habría sido imitada de los árabes-moriscos (moros), cuya denominación en inglés es “moorish” y que luego habría degenerado en “morris”. Aquello explicaría por qué estos juegos son también llamados danzas de 3, 6 ó 9.

Existe otra corriente, la cual desestima la teoría anterior de la danza Morris en favor de la evolución etimológica de la palabra latina “merrelus”, que denominaba el juego equivalente ya mencionado que practicaban los romanos y que significa “cuenta”, “piedrecilla” o “guijarro”, haciendo alusión en el juego a las piezas utilizadas por los jugadores sobre el tablero y la cual con el tiempo degeneraría en merrelis, merrils, morris.

De aquel análisis, resulta curioso notar que tres juegos romanos similares llevaran nombres con significados parecidos, ya que “lapilli”, “merrelus” y “calculi” son todos vocablos para designar piedras pequeñas o cuentas (de ahí los términos modernos de cálculo tanto para la acción de calcular/contar y para designar las piedrecillas que se forman dentro del organismo, como los “cálculos renales”).

En España, estos juegos son conocidos ampliamente como molinos, denominación que también hasta cierto punto ha penetrado en Gran Bretaña, donde algunos llaman al juego como Mill. Esta denominación proviene, seguramente, de la similitud del diagrama que forma los tableros, con las aspas de los molinos, ya sean de viento o de agua.

Los misterios de este juego no se detienen allí; existe también una curiosa connotación mística del tablero al cual, dentro de los pueblos celtas, se le consideraba un símbolo sagrado, tal vez una runa e incluso un amuleto o fetiche capaz de espantar demonios, espíritus y al mal en general. De hecho, aquella tradición pagana parece haber infiltrado la cristiana (como sucede en innumerables casos de las más diversas naturalezas) y es posible encontrar estos diagramas-tableros labrados en gran cantidad de claustros, capillas y catedrales de Inglaterra, como por mencionar algunas: Canterbury, Gloucester, Norwich, Salisbury e incluso la Abadía de Westminster.

El más sencillo de todos era el Molino de Tres Piezas (o sencillamente Molino de 3), el cual estaba conformado por un tablero de 3×3 posiciones, conformado por un recuadro con sus respectivas líneas medianas (sin diagonales), en el cual, cada intersección conformaba una de las nueve posiciones y se jugaba con tres cuentas para cada jugador. Las versiones más antiguas de este juego incluían también las dos diagonales del recuadro.

Luego venía el Molino de Seis Piezas (Molino de 6), el cual le agregaba al anterior, un recuadro interior más pequeño y concéntrico con el exterior. El recuadro de adentro truncaba las líneas medianas, quedando vacío en su interior. Además, cada jugador llevaba 6 cuentas. Esta versión fue bastante popular en países como Francia, Italia e Inglaterra, pero para el año 1600 prácticamente había desaparecido en favor de la siguiente versión de 9 piezas.

El Molino de 9 fue sin duda el más conocido y jugado de todos los de la familia. Agregaba un tercer recuadro concéntrico, siendo este último el único que truncaba las medianas del recuadro mayor. Añadía también tres piedras más para cada jugador, siendo en total nueve para cada uno.

El Molino de Doce Piezas agregaba líneas diagonales (también truncadas por el recuadro del centro) y 12 cuentas para cada jugador. También existieron otras variantes menos populares, como las de 5, 7 y 11 piezas.

Las reglas del juego eran bastante sencillas:

  1. Se comenzaba con el tablero vacío. Ambos jugadores se alternaban para ir colocando sus cuentas en las intersecciones vacías de a uno por vez. El jugador que lograba “formar un molino”, es decir, colocar tres piezas en posiciones consecutivas y en línea recta, podía eliminar una cuenta cualquiera de su adversario, pero prefiriendo aquellas que no estaban formando molinos.
  2. Una vez que un jugador ya había colocado todas sus cuentas sobre el tablero, entonces comenzaba con los movimientos. Un movimiento consistía en desplazar una cuenta propia a una intersección desocupada y adyacente (unida por una línea) a la actual.
  3. Si con movimientos se conseguía formar un nuevo “molino”, entonces se eliminaba una cuenta cualquiera del oponente.
  4. Uno de los jugadores perdía el juego, cuando durante su turno no podía realizar movimiento válido alguno con ninguna de sus cuentas sobre el tablero.
  5. Otra forma de vencer era dejando al oponente con sólo 2 cuentas en juego (imposible formar nuevos “molinos”).
  6. El “vuelo”, era un tipo de movimiento alternativo que permitía a un jugador que había sido reducido a tres cuentas, poder realizar movimientos totalmente libres a cualquier espacio vacío del tablero; generalmente se implementaba como regla opcional o alternativa, pero algunos estudiosos postulan que este movimiento formaba parte de las reglas rústicas originales del juego.

El Juego del Molino o mejor dicho el Nine Men’s Morris para este caso, resulta un buen ejemplo sobre cómo los juegos son exportados de una región a otra en virtud de circunstancias totalmente ajenas, pero que de igual modo sirven al propósito de la expansión y evolución de los juegos (algo así como un proceso de polinización lúdica), este caso se dio durante la colonización del África meridional y las Guerras de los Bóers:

La colonización de lo que hoy se conoce como Sudáfrica comenzó con la fundación en 1652 de una avanzada de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales en el Cabo de Buena Esperanza, una pequeña colonia que posteriormente se convertiría en Ciudad del Cabo. Durante el proceso político- bélico conocido como la IV Guerra Anglo-Holandesa, en 1797, aquella colonia pasaría a manos del Imperio Británico, lo cual dio lugar a las ya mencionadas guerras bóers.

Lo interesante, desde el punto de vista lúdico, es que los ingleses llevaron aquel juego a ese apartado rincón del mundo, en donde cuya sencillez conceptual y material debió incidir mucho para que posteriormente arraigara con firmeza en dichas tierras, tanto así que pronto el juego sería conocido por los aborígenes nativos de la región y luego, de la mano del complejo proceso étnico-social que tuvo lugar en Sudáfrica, la variante de 12 piezas del juego, adoptó el nombre de Morabaraba, llegando a ser sumamente popular entre los nativos, muy especialmente en la juventud de las regiones rurales del país, en donde actualmente es considerado prácticamente un deporte.

 

 

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