Comer, viajar y jugar

La columna dominical de La Ludotca de Pampala en la que hablamos de comida, viajes, juegos de mesa y todas sus posibles combinaciones.

¿Qué cosa existe en común entre la comida, los viajes y los juegos de mesa? Sí, indudablemente los tres representan ámbitos separados del placer humano y con dos de ellos las ediciones sabatinas o dominicales de los periódicos que se tildan de “sofisticados” suelen maridar para dar forma a descafeinadas columnas deliciosas de leer… Pero hay algo más, y justamente relacionado con el gran ausente en los medios de comunicación masivos de aquellos tres elementos que propone esta humilde columna dominical de este humilde blog; los juegos de mesa… Pues precisamente eso: las mesas. Mesas con manteles de algodón a cuadrillé rojo y blanco para comer spagettis o mesas con gruesos manteles de fieltro para que los dados rueden lo que tienen que rodar (y no más) y las cartas se deslicen bien… también mesas en los coches del ferrocarril y mesitas en los aviones, aunque en dicho caso debo reconocer que he metido un poco más con calzador el tema de los viajes, licencia que me otorgo como “señor Corales” de este blog, Director y ludotecario raso a la vez.

Viajar en la comida, comer en un viaje (o “de un viaje”), viajar jugando, comer jugando, jugar comiendo, jugar con la comida y muchísimas más son las combinaciones posibles que intentaré explorar en estas columnas dominicales de La Ludoteca de Pampala. En esta ocasión voy a desmentir un paradigma que para muchos jugadores constituye un anatema con proporciones de tabú: “¿Es posible mezclar juegos y comida?”.

Mamma Mia! desde Italia (temáticamente hablando) y Tortilla de Patatas desde España, son buenos ejemplos sobre juegos tipo “fillers” (lo que culinariamente vendría a ser algo como “cocktail”, “picadita” y “entremés”) con temática gastronómica. El problema proviene desde otro sentido, el de jugar comiendo o comer jugando; muchos aficionados son de idea contraria a dicha posibilidad, por el riesgo que representan ciertos alimentos y bebidas sobre los componentes de juego, como el efecto de los líquidos en el cartón de tableros, fichas y cartas o el aceite sobre los cromos; el agua disuelve los enlaces químicos que aglomeran las fibras de los derivados de la celulosa y los componentes grasos y aceitosos resultan horribles a la vista y el tacto. Sin ir más lejos, yo mismo experimenté en “mis propias carnes” la infartante situación de ver un vaso volcado accidentalmente por una sobrina derramar todo su contenido de Sprite sobre la mesa y ver como aquel nefasto tsunami dulce se estrellaba contra algunas cartas, fichas y un mini-tablero individual de un prototipo de producción profesional… el horror absoluto.

Pese a lo anterior, el juego y la bebida no tendrían por qué ser individuos irreconciliables. Aunque no tengo constancia absoluta de ello, creo que uno de los primeros antecedentes históricos de ambos, como elementos complementarios, se lo debemos a la ludopatía de la cual padecía John Montagu IV, Conde de Sandwich, quien al parecer tenía bastante preocupados a sus criados con su afición por el juego en detrimento de sus comidas, tanto así que aparentemente, en medio de una maratónica jornada de cartas con ocasión de las negociaciones de la Paz de Aquisgrán, el mayordomo ordenó servir la carne entre rebanadas de pan con la finalidad de no interrumpir el juego de su señor, dando así origen al casual refrigerio, el cual pronto adquirió el nombre de aquel noble.

Es que pese a que algunos digan lo contrario, la actividad lúdica, así como toda actividad social, requiere del forrajear y del abrevar como catalizadores de una experiencia plena, sobre todo durante aquellas sesiones de juego de largo aliento que pueden llevar varias horas. Sí que hay que tener cuidado y tomar todas las precauciones del caso: mesitas auxiliares y jarras de café con tapas nunca están de más, así como preferir alimentos sólidos servidos en porciones individuales que puedan manipularse con tenedor y una sola mano (como kiches, tortas y küchen) o si han de tomarse con la mano, que sean bocados de carácter seco, como tapaditos y galletas horneadas con aderezos.

El peligro está en las copas de vino y otros recipientes demasiado inestables, las fuentes comunes en las que los jugadores deben estirarse por sobre la mesa para alcanzarlas y luego de vuelta, balanceando peligrosamente su carga de alimentos embetunados en diversas salsas y fritangas encima de cartas y tableros. También han de evitarse los picoteos fritos como papas, cheetos y doritos tostitos que pueden dejar la superficie de las cartas con aquel horrible acabado aceitoso-psicodélico-tornasolado, lleno de migajas anaranjadas y grasosas huellas dactilares…

Hasta el próximo domingo.

 

¿Te gustaría escribir en esta columna dominical de La Ludoteca de Pampala? Escríbeme al correo ludotecapampala@gmail.com y te diré cómo hacerlo.

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2 pensamientos en “Comer, viajar y jugar

  1. Me encantó la entrada 😀 Creo que todos hemos tenido algún que otro incidente con los líquidos y los juegos. Dentro de muy poquito volveremos a hacer la maravillosa combinación de jugar viajando y comer viajando. Además es muy curioso como se comportan los diversos materiales de juego en según que medio de transporte.

    Un saludo y a seguir con ello

    • Gracias por el interés. Ya sabes que cuando quieras solicitas tu credencial de ludotecaria corresponsal en España… No sé si ya te enteraste, pero al parecer ya tenemos corresponsal en Londres.

      😉😉😉

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