Comer, viajar y jugar (#003): denominación de origen

La columna dominical de La Ludoteca de Pampala en la que hablamos de comida, viajes, juegos de mesa y todas sus posibles combinaciones.

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Juegos con denominación de origen

“[…] Chile los vinos para el mercado interior llevan por lo general el nombre de la finca, pero muchos otros se embotellan con la mención «mosela» o «chianti» e incluso llevan sin rubor los nombres de «Château Margaux» y «Chambertin» […]”

La cita anterior pertenece a la edición 2002 del Larousse de los Vinos y hace mención a la producción de vinos en Chile anterior a los tratados de libre comercio firmados con la Unión Europea… desde entonces varias cosas cambiaron en cuanto a las denominaciones de ciertos productos; vino espumante y queso azul, entre otros, paulatinamente fueron reemplazando a los habituales, hasta entonces, “champagne” y “queso roquefort”, respectivamente.

Probablemente lo anterior, y más aún el tema mismo de la denominación de origen no tengan nada que ver, por definición, con lo que voy a escribir hoy, pero me gusta mucho otorgarles dicho tratamiento a aquellos juegos basados en localidades geográficas, y más aún a aquellos que llevan por título el mismo nombre de dichas localidades; “juegos de ciudades” también suelen llamarlos.

Rigurosamente resulta bastante impropio ponerle “denominación de origen” a un juego de ciudad, ya que dicha etiqueta obedece a la producción local de ciertos bienes de consumo bastante específicos, cuyas materias primas y proceso de desarrollo que los identifican están estrechamente vinculados al sitio donde se producen, el cual otorgaría características “inigualables”. Sin embargo, aunque habitualmente los juegos de ciudades estén diseñados por autores extranjeros y por regla general se produzcan en China, me gusta para algunos de éstos el mote de “denominación de origen”, cuando su temática y mecánicas se encuentran influidas, de algún modo u otro, por las características especialmente particulares de la localidad geográfica que las inspira.

Por supuesto no todos los juegos con nombre de ciudad o sitio geográfico representan este pseudo-sector o familia de juegos de mesa… los wargames, por ejemplo, que frecuentemente llevan por nombre el sitio o lugar del combate o batalla que argumentan o aquella más importante dentro de una campaña o guerra, como Gettysburg, Pensacola, Waterloo, etc., no deberían ser considerados como tales, ya que la guerra representa un evento humano, de cuño especialísimo, pero que no alcanza a identificar una localidad o región, salvo aquellos donde se encuentran los campos de batalla más ollados de la historia, de lo cual ya habrá tiempo para conversar en el futuro.

Existe un juego de mesa, poco conocido y con mecánica de colocación de losetas, que resulta un buen ejemplo de lo que sí quiero justificar: Lungarno (Michele Mura, 2008), cuyo nombre no es el de una ciudad específica, sino que designa un sitio o calidad geográfica mucho más especial o específico; aquellas calles o barrios junto a las riberas del río Arno (Italia) en las ciudades que éste atraviesa en su recorrido, siendo las principales Pisa y Florencia. Lungarno (el juego) se desarrolla en dichas calles (Pisa), en las cuales los jugadores deben construir distintos edificios para ganar el favor de las familias regentes que controlan la política y el comercio en el siglo XIV. Entre los componentes del juego encontramos florines como moneda, el propio, río Arno, fichas de privilegio con los blasones de las familias nobles… elementos que otorgan esta “denominación de origen”, encima, su autor sí es italiano, sí vive en Pisa y una de las cuatro editoriales que lo publican es también italiana (Red Glove), aunque el juego en si esté fabricado no-sé-dónde.

Cosa semejante ocurre con Carcassonne (Klaus Jürgen-Wrede, 2000), inspirado en el desarrollo medieval de la ciudad-fortaleza amurallada del sur de Francia (a medio camino entre Perpiñán y Toulouse), o al menos el juego original, ya que ciertas expansiones de éste han desnaturalizado un poco su sentido original. En este caso su autor y editorial original (Hans im Glück) son alemanes. Así ocurre con muchos otros juegos con “denominación de origen”: Bruges y Bora Bora, ambos de Stefan Feld en 2013, el primero ambientado en la ciudad belga de Brujas durante su esplendor en el siglo XV y el otro en las misteriosas islas de la Polinesia en el gran Mar del Sur; incluso Lords of Waterdeep (Peter Lee y Rodney Thompson, 2012), si me permiten despacharme una frikez, que se desarrolla en una populosa ciudad del mundo fantástico de Faerûn, creado por Ed Greenwood para la franquicia rolera de Dungeons & Dragons.

Y así mismo sucede con una multitud de otros títulos inspirados homónimamente en ciudades y otras localidades geográficas basados en las propias caracaterísticas geohumanas de aquellos sitios a los cuales se deben, por lo que más que intentar presentar aquí una lista o análisis de éstos, invito a todos nuestros comensales a descubrirlos por sí mismos.

Hasta el próximo domingo.

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