No entres dócilmente en esa buena noche…

“Al poner mi maleta en el portaequipaje, un extranjero alto se precipitó por el corredor desde cinco o seis asientos adelante.
—Eso ha de ser un tablero de Go.
—Qué conocedor es usted.
—Yo mismo tengo uno. Es un gran invento.
El tablero era uno magnético decorado con un baño de oro, muy adecuado para jugar en el tren. Con su estuche no era fácil reconocerlo como un tablero de Go. Tenía la costumbre de llevarlo conmigo en mis viajes, pues no pesaba mucho en mi equipaje.
—¿Y si jugamos? Estoy fascinado con esto —habló en japonés.
Pronto tenía el tablero acomodado sobre sus rodillas. Como sus piernas eran largas y sus rodillas quedaban altas, era más razonable que el tablero estuviera en sus piernas que sobre las mías.
—Soy grado decimotercero —dijo con cuidadosa precisión, como haciendo cuentas. Era americano.
Primero le di una ventaja de seis piedras. Había tomado lecciones en la Asociación de Go, dijo, y había desafiado a algunos famosos jugadores. Conocía los mecanismos bastante bien, pero jugaba sin pensar, sin entregarse realmente al juego. Perder no parecía importarle lo más mínimo. Pasaba feliz de partida en partida, como diciendo que era una tontería tomarse en serio un simple juego. Alineaba sus fuerzas según patrones que le habían enseñado, y sus aperturas de juego eran excelentes; pero no tenía voluntad de lucha. Si yo lo hacía retroceder un poco o hacía un movimiento sorpresivo, él tranquilamente caía derrotado. Era como si yo estuviera incitando al combate a un grande pero mal equilibrado oponente. En verdad, esta rapidez para perder me hizo preguntarme con cierta incomodidad si no habría algo innatamente perverso dentro de mí. Yo percibía que no había destreza, respuesta ni resistencia. No había tono muscular en su juego. Uno siempre encuentra una urgencia competitiva en un japonés, por inepto que pueda ser jugando. Uno nunca se encuentra con una instancia tan incierta como ésta. El espíritu del Go se había perdido. Me pareció muy extraño, y estaba consciente de que me estaba enfrentando con algo absolutamente extraño.”

El título de la entrada es un verso del poderoso poema de Dylan Thomas, que tan afortunadamente utilizara el guión de la película “Interstellar”. El texto sobre estas líneas pertenece a la novela-crónica “Meijin”, de Yasunari Kawataba.

A través de ambos, deseo transmitir la importancia de jugar a ganar.

Debo reconocer que hubo un tiempo, en mi época de jugador incipiente, en que sólo me bastaba el simple hecho de jugar para divertirme; indudablemente existe algo suficientemente reconfortante en el simple hecho de jugar por jugar, la contemplación de la disposición de los componentes sobre el tablero, el mover fichas, manipular cartas, lanzar dados…

No obstante, el jugar a ganar, además de incluir todo lo anterior perfectamente, también es una señal de consideración, tanto hacia los demás jugadores como al juego mismo. Independientemente del obvio componente lúdico de los juegos de mesa, incluso del juego casual, el tomarse el asunto en serio, significa decirle al juego y a los demás jugadores: “los respeto”.

Recuerdo que había un excelente blog español llamado “¿Por qué pierdo?”; lo llevaba una chica. Yo me sentía muy identificado con él (con el blog), ya que aquellos que me conocen saben que a menos que se trate de Ticket to RideSmall World, no soy de los que suelen ganar en las partidas, en parte por lo que mencionaba antes y también porque odio calcular y proyectar mecánicamente los alcances y posibilidades de cada componente, prefiero jugar de modo intuitivo y temático, lo cual es sabido que generalmente no lleva a ningún buen resultado.

Pero incluso el juego intuitivo requiere de cierta planificación, de cierto esfuerzo por lograr que las cosas den buenos resultados y los jugadores que jugamos de esta manera deberíamos de incurrir en ese esfuerzo; no hacerlo inferiría un acto de mediocridad, regalar la partida porque sí, ignorar la voluntad de lucha del oponente.

Ahora bien, el buen aficionado a los juegos de mesa ha de advertir que jugar a ganar no significa comportarse como un idiota y mucho menos a recurrir a cualquier medio para hacerse con la victoria. Es necesario recordar que el juego, y sobre todo el juego casual, tiene por objetivo superior el divertirse y compartir socialmente.

Pedro Gallardo (stormydog88), uno de los titulares del blog chileno “¿A quién le toca?”, y amigo personal de este ludotecario, me apuntaba en una conversación de Telegram, lo interesante que le resultaba el enfoque que yo había planteado, respecto de cómo en ocasiones se malentiende aquel respeto a los otros jugadores… tener consideraciones especiales con la mujer, para que luego ésta no se enoje con uno, o con los jugadores nóveles, por el tema del handicap, aunque prefiero pensar que aquel relajo en la agresividad al jugar, se permite para incentivar al juego, como cuando se juega con los niños y se los deja ganar para que no se frustren y luego aquello se convierta en rechazo por el juego.

Es necesario representar que esta filosofía lúdica se me reveló de la lectura del libro que mencionaba al principio de la entrada, precisamente del extracto seleccionado. Meijin, título traducido como El maestro de Go, habla sobre un certamen competitivo en este tradicional juego oriental, nacido en China como Weiqui, pero desarrollado hasta su punto culminante en el Japón. Allí el Go trasciende de ser un simple juego de mesa y se convierte en una disciplina competitiva separada en niveles (Dan):

“El juego oriental ha traspasado lo que significa juego y prueba de fuerza, y se ha convertido en un modo de arte. Hay cierto misterio y nobleza orientales en él.”

También vale mencionar que el autor del libro, el cual se enfrenta al americano en aquel tren, llega a sentirse cruel y despiadado al no dar, partida tras partida, oportunidad alguna al occidental, aún siendo él mismo un periodista y no un profesional del Go.

Es cierto que el juego casual de eurogames, temáticos y demás, no supone un nivel competitivo ni necesariamente intelectual como el del juego profesional, pero como sucede en la inmensa mayoría de los juegos, sí representan un choque de voluntades, cuya experiencia será tanto mejor, cuando cada uno ponga todo de sí para poner a prueba esa voluntad, la propia y la de los demás, sin olvidar que el objetivo superior es divertirse y compartir.

Sólo la voluntad de vencer conquista la victoria.

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4 pensamientos en “No entres dócilmente en esa buena noche…

  1. Muchas gracias por la mención Tomas. Como te comentaba, para mí es una señal de respeto jugar con lo mejor de mis habilidades. Además, el juego está hecho para que los jugadores traten de ganarlo. Y hay juegos que sufren mucho y pierden su sentido cuando algún jugador hace cosas que no lo llevarían a ganar. Uno puede ser malo para un juego, pero de todas formas jugarlo con intención.

    Por supuesto que el otro extremo (la ultracompetititvidad) es tan malo como jugar sin ponerle empeño. Y otro factor importante es el AP, porque hay quienes en su afán de competir sobreanalizan sus jugadas y ralentizan el juego.

    En fin, un tema que da para largo. Como te dije, me parece interesante que hayas llegado a esa conclusión. Para mí jugar a ganar es la mejor forma de jugar y le da un sabor especial a cada partida, por muy sencillo que sea el juego.

  2. Curiosa entrada… efectivamente creo que todos los juegos de mesa actuales poseen una definición sobre quién ha de ser el vencedor, luego de desarrollarse una partida. Y claramente, el objetivo de quien participa será cumplir de la mejor forma posible esa máxima.

    Lo curioso para mí está en que cada cual enfrentará este proceso de forma distinta, según sus prefencias personales, y en tu caso, me imaginaba que tu máxima era siempre lograr la victoria, incluso desarrollando estrategias más o menos planificadas, mas que jugar intuitivamente y disfrutando tan solo de la experiencia, cosa que sin duda es altamente gratificante también.

    Saludos desde la, hoy, lluviosa metrópolis…

    • Hola Emilio. Alguna vez nos juntaremos para jugar algo durete, para ver de una buena vez de qué estamos hechos (ya que siempre hemos jugado puras sandeces más o menos pasajeras y poco más).

      Saludos desde la, ahora, lluviosa capital militar del Reyno.

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